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jueves, 1 de diciembre de 2016

El tridente de Leganés se declara culpable



Si analizas la foto que encabeza el artículo, como si no conocieras de nada a los hombres fotografiados, se diría que están confesando algo importante. Ninguno tiene mirada, ni se detienen a observar a los otros. Lo más cinematográfico, no cabe duda, son las manos de sacerdote sin respuestas de Santiago Llorente y la expresión de Pedro Atienza de sostener un gran peso sobre sus hombros, Un peso que le aplasta contra el suelo, y que recuerda a un adolescente que trata de evitar la riña o el golpe de un padre enfadado. Un político que optó por la protección que otorga el papel de segundo de abordo, protegiéndose de gran parte del desgate que ha producido la batalla.

La convocatoria del acto fue muy discreta. No hay instantánea del público, por lo que es fácil de suponer que fue escaso. Cuando se oculta al público es porque hay muchas sillas vacías.

Aunque no fue así, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, yo he imaginado esta confesión y estos hechos.

Sí, lo sentimos, sabemos que nos hemos cargado al partido. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos perdió el deseo de control, de quebrarnos, de someternos el uno al otro. Nunca fue la ideológica, el método de trabajo,  lo que se interpuso en nuestro camino.  Claramente, fue una pelea de machos, y como la mayoría de estas peleas, ha sido absurda, pueril y con un gran precio para la sociedad. 

Santiago Llorente, incluso lloriqueó, cuando dijo que no quería pasar a la historia con el mote que corre de boca en boca por la calle El charco: el sepulturero.

Los militantes de base le pidieron que no siguiera aliándose con el PP, que no recurriera sentencias que castigan las malas prácticas de los políticos, que sea dialogante, etc.

Tragó mucha saliva y su cara, en todo el acto, fue un poema. Sabe que tiene malas cartas para ganar la partida.

El señor Montoya se disculpó por los errores del pasado y se centró en su trabajo actual; subrayando lo llano y bondadoso que es ahora, lo bien integrado que está en el equipo de Gabilondo. Gabilondo es Gabilondo... Hubo algunas sonrisas soterradas y el nombre de Sarkozy sobrevoló, varias veces,  por la sala.

Los pocos militantes que se atrevieron a hablar,  se posicionaron en la necesidad de hacer una catarsis (que palabra tan bonita) y se atrevieron a manifestar la poca credibilidad que tendría el cambio si ellos, el tridente, seguían siendo los responsables de la Agrupación.

Entonces los miembros de sus séquitos, Llorente y Montoya tienen auténticos fans, un pequeño ejército, encabezado por unas señoras de más de 65 años que visten de una forma peculiar y algo decadente, se pusieron a tocar las palmas, movidos por un resorte interno que enfangó la supuesta sinceridad de la confesión. Nadie entre el público supo distinguir si era una sevillana o una seguidilla, pero el ruido fue ensordecedor. 


Abortado el acto, el resto de militantes abandonaron el local con la sensación de que el partido no tiene arreglo, ni el mejor psicoanalista del mundo, por supuesto, no afiliado al PSOE, podría salvarles.

martes, 29 de noviembre de 2016

El ardor de las sirenas. 30/11/16


Giré el protagonismo hacía mí.
—¿No piensas que soy igual que ellos? ¿Verdad?
—No, no pienso que seas igual que ellos. Tienes muchas más oportunidades.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Su tono fue tan contundente y sincero que me tranquilicé lo suficiente para poder continuar.
—¿Regresó a casa para cuidar a su hermano? ¿Qué es esto? ¿El culebrón del sábado en un canal latino?
—Tal vez doblado con acento latino sea más digerible. En castellano me resultó intragable.
Hice un gesto de disculpa y expresé mi confusión.
—¿Cómo pudo cagarla así? Podía haber buscado ayuda, viajar a verles a menudo, traerles a Madrid. ¡Dios mío! Tenía tantas opciones…
—Bueno, fue egoísta y cobarde… El Joya, a partir de ahora le apodaremos así.
—¿Averiguaste por qué se portó de esta manera?
—Creo que sí: imagino que sigue ocultando los hechos y te dijo que su hermano tuvo un aparatoso y grave accidente.
—¿No es verdad?
—No. No fue un accidente, fue un intento de suicidio. Había sufrido trastornos depresivos considerables desde la infancia. Esta circunstancia afectó mucho a toda la familia; se aislaron de los demás, viviendo su desgracia en la intimidad más absoluta. Y él asumió el mismo comportamiento: dejar fuera a los extraños. Es decir, me convertí en un alien al que había que mantener alejado de las miserias familiares.
—Esta noche, en el bar, cuando le miraba, pensaba que en cualquier momento podía suicidarse o fugarse a una isla lejana para crear una realidad virtual y, al menor problema, romperla, alejarse y crear otra ficción.
Nos miramos comprendiendo la dimensión de sus problemas.
—¿Sabe que lo sabes?
—Sí. Intenté convencerle de que no pasaba nada porque tuviera una familia difícil, sin embargo, lo único que conseguí fue una petición ambigua para que le esperase. Casi me volví loca. Ubiqué a Emma y Ada con su padre y le seguí a Burgos con la intención de obligarle a aceptar que tenía una pareja con la que podía contar, aunque en el último momento cambié de plan.
—¿Qué hiciste qué?
—Deambulé por las calles como una chiflada. ¿Sabes cómo pasean los locos por la ciudad?
—No.
—Nunca tienen prisa, no van a ninguna parte, solo esperan que pase el tiempo. El resto de personas corre de un lado a otro para resolver o afrontar algo de vital importancia, como las rebajas o las compras de navidad.
Respiró.—¿Te mencionó su triste y frustrado primer amor?
—Sí, de pasada; no parecía sentirse muy cómodo hablando de ello.
—Mira, en eso ha cambiado. Antes se presentaba ante los demás como un hombre abandonado, engañado… y, claro, tanto dolor te enternecía profundamente.
—Me di cuenta de que ese era un modo muy sencillo de conseguir chicas.
—Sí, pero acabas cansándote. Tal vez, una forma de sobrevolar por encima de los falsos destinos es tener una característica sobre la que edificar tu vida, yo la tenía: desobedecer. Y no había nada mejor para sortear la locura de un amor desbocado que encontrar un objetivo. Sabía que se llamaba Cristina y que fueron al instituto juntos. Solo necesité un par de horas para localizarla y citarnos en un bar céntrico en el casco antiguo de la ciudad. La sorpresa que me llevé fue muy grande. Me encontré una mujer casada, con hijos, relativamente feliz, que no negaba el dolor que le causó la huida de Elías. Sí, notición: ella no le dejó; él se fugó, abandonándola. Durante unos meses, casi un año, fueron una pareja normal. Él era pasivo y callado, y ella para despertarle, cometió el error de decirle que a su familia no le gustaba, que querían ennoviarla con el hijo de su socio, y desató al monstruo. Tras el abandono, ella se encerró en su casa durante muchos meses. Fue a terapia. Estudió psicología, su profesión actual: terapeuta de maltratadores. Ella se refiere a sí misma como «la desactivadora de verdugos.» Y concluyó que «nuestra joyita particular » no soportó el peso de la vida. Intentó ser el novio ideal y acabó derrotado, hincando la rodilla en el suelo, y se lanzó al fango. Apuntó, como grandes cómplices de la debacle, a los genes de su familia y a la cultura de la masculinidad mal entendida, es decir: ellos siempre especulan con ejercer el control y si no lo consiguen o se vuelven violentos, o huyen. Otra teoría muy extendida en el mundo que complementó su discurso fue que ellos son adictos al sexo y ellas a un amante específico. Cuando surge un problema, la enamorada les perseguirá, enloquecerá de amor acaparará todo el protagonismo del desbarajuste o los riesgos de la reconciliación. Su profesionalidad le ayudó a entender con suma facilidad la razón por la que yo la había buscado y me regaló una conclusión brillante para nuestra breve relación: «El primer asesinato es el más difícil de perpetrar, porque no sabes el camino, no sabes si serás capaz; pero después de romper ese límite, puedes convertirlo en una pauta recurrente. »
—Eso tiene un nombre: te hizo un Paul
—Sí, fue un Paul en estado puro.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Remando al viento y el verano que nunca llegó


En1916, Lord Byron y Mary Godwin, la futura Mary Shelly, una jovencísima novelista de sólo diecinueve años, pasaron juntos un verano en Suiza, en Villa Diodati, una residencia alquilada a orillas del Lago Lemán. También estuvieron por allí Percy Bysshe Shelley, John William Polidori, Claire Clairmont, entre otros.

El verano de ese año tuvo unas condiciones climatológicas muy adversa  que impidió salir a la gente a la calle. Carmen Gozalo de Andrés escribió un artículo publicado en la Revista del Aficionado en Meteorología, noviembre de 2002, contando todos los detalles de este suceso climático.

Mary Shelly lo definió como un "verano húmedo y desagradable" con "la lluvia incesante". Gracias a estas inclemencias,  nuestros personajes decidieron entretenerse, fue idea de Byron, escribiendo cuentos de terror. De ese reto surgió Frankenstein o el moderno Prometeo, publicado en 1818. Y El vampiro, de Polidori , germen del Drácula de Bram Stoker. La inspiración de Byron se convirtió en un poema  titulado Darkness (Oscuridad):

 Tuve un sueño, que no fue un sueño.
 El sol se había extinguido y las estrellas
 vagaban a oscuras en el espacio eterno. 
 Sin luz y sin rumbo, la helada tierra 
 oscilaba ciega y negra en el cielo sin luna.
 Llegó el alba y se fue. 
 Y llegó de nuevo, sin traer el día.

 Y el hombre olvidó sus pasiones

 en el abismo de su desolación

Años más tarde,  en  1987, Gonzalo Suarez, con coproducción holandesa, rodó Remando al viento, que 
cuenta como fue aquel verano, protagonizada por jovencísimo y guapísimo Hugh Grant, Byron. Remando al viento es, sin duda,  una de las películas más hermosas  e interesantes de la cinematografía española.


En 2015, el colombiano William Ospina  publicó El año del verano que nunca llegó, Random House. El libro cuenta también los entresijos de ese verano. A ratos novela,  ensayo, diario de viajes, donde el autor sigue, como un detective, el rastro de estos personajes en esas vacaciones que compartieron juntos y que expandió por la tierra  tanta creatividad.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

El ardor de las sirenas. 23/11/16


El camarero que nos atendió le hizo una señal para recordarnos que teníamos que pagar. Su compañero había empezado a barrer el suelo. Elías sacó su cartera del bolsillo trasero del pantalón y se desentendió de mí. Yo aproveché para fugarme de allí. Alcancé la puerta y salí dando tumbos a la calle. El aire fresco de la noche me dio fuerzas para detener un taxi. Disimulé como pude mi estado de embriaguez ante la mirada áspera del taxista, recité la dirección de mi rumbo como un niño que se ha perdido en una ciudad peligrosa y anhela encontrarse con un adulto que se haga cargo de su situación. Mientras atravesaba la ciudad comprendí que estaba muy desbocado. No era difícil adivinar la preocupación que sentía Tesa, esperándome en su casa.
Encontré la puerta de la calle abierta, entré y cerré. Olía a café recién hecho. Intenté colocarme la camisa, orientar mi pelo para agarrarme a una normalidad inexistente. Avancé dando trompicones por el pequeño pasillo en dirección al comedor; seguía bastante mareado. Mantuve con dificultad la verticalidad y me llegó el recuerdo de que su casa era muy agradable. Estaba desenfocado y varios objetos, muebles, trastos, salieron a recibirme y me raspé con los bordes de una estantería. Por fin, llegué hasta ella. Percibí una sonrisa llena de ironía en su semblante, mientras me tendió una taza con café caliente.
—Estoy borracho y me siento pequeño y estúpido.
La sonrisa se agrandó.—Lo siento, pero no comprendo por qué te sientes así.
—Pensé que me había ganado tu respeto, tu confianza y me has dejado ir al matadero como un puto cordero.
Respiré y cambié de ritmo.
Hablando de corderos. ¿Una carnicería? ¿Su padre es carnicero? ¡Dios! No lo hubiera adivinado ni muerto. ¡Una carnicería!
—La gente se gana la vida como puede.
—¡Por Dios! No le pega nada haber vivido con un descuartizador de vacas y cerdos. Cuando entro en una pollería y veo un ave disecada encima del mostrador, coronando la montaña de cadáveres de pollos, me pregunto: ¿se dan cuenta de la crueldad que encierra esta puesta en escena? ¿Son conscientes del terror que encierra su espectáculo?
Se rio un poco, incluso se reprimió la carcajada.
–Hay gente que no se hace esas preguntas. Compran el pollo, previamente troceado, lo guisan y se lo comen.
—¿Quiénes somos?
—Tú, un tipo listo y sensible. Por favor, abandona esa pose de hombre maltratado. No hay nada más eficaz que la experiencia física para comprender el dolor de los otros.
—He sentido, literalmente, que la tierra desaparecía bajos mis pies, que todo se venía abajo.
—Yo, tal vez, hubiera usado el verbo borrar, pero es una muy buena definición: mi existencia, mis conceptos, se desmoronaron bajo mis pies y me quedé sin nada.
—Hasta ese momento, todo parecía tan palpable, tan verosímil.
La miré. Mi enfado se disolvió de la misma forma que la certeza de nuestras conclusiones. En el fondo de mi ser sabía que tenía razón, ahora estaba mucho más cerca de entenderla.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Rectify. Sundance TV


¿Quieres ver algo que te conmueva hasta las entrañas? Que te haga llorar de empatía, de impotencia, por su talento, sus personajes. Que te recuerde lo vulnerable y perdidos que puede sentirse las personas. Un espejo donde mirarte y ver que está serie es exactamente lo que debes de desear filmar cuando sueñas con contar historias en una pantalla de cine o tv.  

Por supuesto, tiene una banda sonora muy especial. Lloren, sientan, levántense  de sus sillones y griten con toda su humanidad.