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miércoles, 31 de agosto de 2016

El ardor de las sirenas. 31/09/16



La retirada no fue nada fácil; para empezar di un par de trompicones hasta que alcancé la puerta de la calle y el descansillo. En el rellano se apagó la luz y no lograba recordar dónde estaba el maldito interruptor; tardé casi un siglo en encontrarlo. Las luces de la escalera me guiaron hasta al ascensor y lo llamé. Mientras esperaba, oí en el interior del piso, un gran jolgorio y me volví un poco loco, porque pensé que se reían de mí. Llegó el ascensor, pero antes de entrar en él se abrió la puerta de la casa, justo en el mismo momento que toqué mi camiseta y me di cuenta de que me había dejado dentro la cazadora vaquera. Emma se acercaba hacía mí con ella en la mano. Se me volvieron a cruzar los cables, ¿Los pantalones del pijama de Emma no eran granates? ¿Por qué iba ahora con unos pantalones negros? Mi mente se desbocó: ¿Y si los hombres solo teníamos una oportunidad?: ser idiotas. Sí, era eso o la tela cambiaba de color por algún efecto luminoso. La miré, cogí la chaqueta y eché a correr escaleras abajo, chocándome contra la pared. Pensé que se echaría a reír, sin embargo en lugar de una carcajada oí una ingenua duda.
¿Por qué no coges el ascensor? Si, está aquí.
Tal vez, le importaba a Emma. Y si no era ella y si era la otra. ¡Dios, cómo se llamaba! Por qué no conseguía acordarme de su nombre, por qué no lograba distinguirlas. Bajé los escalones de tres en tres. Llegué extenuado al portal. Vivían en un quinto piso. Las escaleras eran de madera y estaban muy desgastadas y resultaban bastante resbaladizas. Tomé algo de aliento. Los pensamientos siguieron castigando mi cabeza. ¿Estaba buscándome problemas? ¿Me estaba inventando esa tontería con  Emma para retar y enfadar a Tesa? ¿Se me estaba yendo la olla? Por fin, alcancé la calle. Aproveché el aire de la noche para sujetarme en una farola y respiré una y otra vez, hasta que me serené un poco. Llegué a una clara conclusión: necesitaba una chica. ¿Dónde podía encontrar una? Comencé a caminar de un lado a otro, repasando entre mis contactos telefónicos como una adicto al crack. ¿Por qué no encontraba a nadie? De pronto me di cuenta: se me había olvidado que yo era otro y con el lío de llevar dos móviles estaba buscando entre los contactos de Gerardo Palacios. Cambié de móvil y aparecieron por arte de magia todos mis amigos, todas mis amigas, mis exnovias en la pantalla, bueno, mi exnovia y algún rollete menor. No lograba engañarme; buscaba una chica desesperada, lo que llamamos un ligue de una noche, pero mi agenda era un verdadero desastre. ¿Sexo de pago? ¡Dios no, no podía caer tan bajo! ¿Ligar? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿En urgencias? Podía llamar al 012 y preguntar: operadora, por favor, dónde se tratan las urgencias sexuales. No había otra opción: decidí ligar y llamé a Sergio, un buen amigo y un peculiar Don Juan.
– Tío, te invito a unas cervezas—No le dejé responder.—Es una llamada de socorro. No me interesan tus problemas.

Dios mío, cómo podía ser un capullo tan egoísta. Aceptó ayudarme. Me metí en un taxi, ¡otro taxi! Y desaparecí de allí envuelto en una espantosa y ridícula prisa. Había comprobado que el alcohol y el deseo sexual eran una mala mezcla y que podía comportarme asumiendo todos los tópicos masculinos, bueno, me faltó mear en la farola. Estaba descontrolado y mi forma de ajustarme pasaba por utilizar a una mujer. Sentí mucha pena por mí y por el resto de hombres que configuran la especie humana.

viernes, 26 de agosto de 2016

Cuando la vida se ríe en tu cara y te topas con la sanidad pública



El día de mi cumpleaños lo celebré por todo lo alto: me rompí el codo derecho. Fue un chiste privado entre la vida y yo.  No puedo aclarar del todo la gracia de la situación porque haría un spoiler del final de mi novela, pero créanme la broma tiene mucha gracia. 

Durante muchos años estas situaciones me desorientaban profundamente, convirtiéndome en una especie de rebelde sin causa, despótica, incapaz de encajar ningún problema. Por supuesto, el miedo no ha desaparecido,  la ira, la frustración, siguen como un virus latente dentro de mí, esperando su oportunidad, pero ahora me senté en el sillón del comedor de mi casa y disfruté del gag. Sí acepté que soy una insignificante cagarruta de helio: ¡qué otra cosa se puede hacer!

Viví la operación como una película de ciencia ficción. No hubo anestesia general, solo me bloquearon el brazo herido y eso te dota de una consciencia curiosa, puedes hablar con el cirujano, el anestesista... oyes entrar y salir a la gente del quirófano,  incluso te llegan referencias de otras intervenciones que se están produciendo cerca de ti.

En urgencias, durante la operación, sentí una corriente humanitaria sin precedentes en mi vida. Esas personas que me estaban atendiendo eran verdaderos profesionales, con corazón, pasión por su profesión, empatía... La juerga se ha terminado cuando te instalan en planta. La excusa es que hay demasiado trabajo, pero yo sentí que la corriente de estar afrontando un acontecimiento excepcional, donde milagro, tragedia, vulnerabilidad, solidaridad cohabitaban de una forma natural,  se va diluyendo en el camino que te lleva a la habitación que compartirás con otro paciente que el azar ha situado a tu lado. Sin embargo lo peor viene después, cuando te vas a tu casa y tienes que afrontar el resto de la recuperación: las consultas externas.

En Leganés, en rehabilitación están atendiendo a las personas que fueron intervenidas o se lesionaron en el mes de marzo. En agosto, se han ido de vacaciones seis fisioterapeutas y solo han contratado a uno, con lo cual la lista de espera se alargará más.

Es obvio que no me avisaron de esta situación. Su actitud es clara: primero sondean si tienes mutua o ganas de darte  un festín en la sanidad privada, luego te dejan estamparte contra la lista de espera, y solo entonces, si insistes, te dejan explorar en tus derechos.

Ni en traumatología ni en rehabilitación me facilitaron una  tabla de ejercicios adecuada. En rehabilitación me dijeron que desconocían si había posibilidad de que me atendieran en otro centro. En atención al paciente,  sostuvieron que la formula pasaba por visitar a mi médico de cabecera para que me diera un nuevo volante y poder acceder a otro profesional. Después de insistir y visibilizar mi enfado, me envió a información general. Allí, con rapidez y profesionalidad, me contaron con detalle el protocolo a seguir. Los derechos universales que tenemos todos los pacientes: pedir una segunda opinión y la elección libre de médico y hospital. En unos instantes la impresora imprimió mi nueva cita, mi nuevo médico  y mi nuevo hospital, y eludí la enorme lista de espera del Severo Ochoa.

¿Cuánto ganan los profesionales que no me orientaron adecuadamente? ¿Dónde está la complicación de enviar desde la dirección del centro un mail a todos los médicos, enfermeras, auxiliares, administrativo con la normativa vigente para no dañar o retrasar la recuperación del paciente? En información me explicaron, de una manera elegante y  suave, que la Comunidad de Madrid es la que tiene que visibilizar, pero claramente, no lo hace, porque prefiere que te marees y abandones.

Yo conseguí mi objetivo: iniciar cuanto antes la rehabilitación en otro lugar, sin invertir un euro en sanidad privada. Mi nivel cultural, carácter; no me acobardo fácilmente, me ayudaron en la victoria,  pero qué pasa si tu autoestima o voluntad flaquean, o el trato social te asusta. Sí, puedes perderte y caer en el limbo de cualquier lista de espera o de cualquier absurdo burocrático de la administración.


No lo olviden la vida se ríe en tu cara cuando quiere, y no puedes hacer nada, pero es muy importante reclamar tus derechos. Aprendan a nadar entre la pila de recortes e injusticias que ha estabilizado la crisis económica. 

martes, 23 de agosto de 2016

El ardor de las sirenas. 24/09/16

                       

Cené en su casa. La cocina era luminosa y moderna, tipo americana. Me senté en un taburete junto a la mesa. El día fue muy emocionante y necesitaba beber. Tal vez, bebí demasiado deprisa y empecé a sentir, enseguida, los efectos del alcohol. Ella abrió otro bote de cerveza. Un poco de espuma se esparció por encima de la mesa. En mi cabeza comenzaron a mezclarse todos los sonidos de sus acciones, de sus movimientos, dando lugar a una composición musical: abro y cierro la puerta del armario, porcelana, vidrio, cierro nevera, clac, la puerta del horno, casi en su punto, picoteo como un pájaro cualquier cosa que encuentro por la cocina, por favor, otro trago de cerveza, wau, el grifo del agua caliente…. En mitad de mi banda sonora irrumpieron en la cocina Ada y Emma. Hasta ese momento, se me habían dado bien las mujeres, aunque siempre de una en una, las fiestas múltiples no eran mi fuerte. Iban en pijama, ultra modernas, con el pelo recogido, vertiendo su erótica natural, sin artificio. Emma era la mundana, la carnal y Ada, bueno, ella flotaba etérea por el espacio entre reflexiones filosóficas y científicas. La colaboración entre ellas era óptima y, cuando creías que las distinguías, intercambiaban los papeles y estabas perdido en medio de ninguna parte, ¿quién era quién? Tuve suerte y, antes de abrir el quinto bote de cerveza, fijé en mi memoria que Emma era la de los pantalones granate. Me llegó una idea muy peligrosa a mi cabeza. ¿Qué haría si me enamorara de una de sus hijas? Era una situación muy parecida a la de ella con Paul. Espanté el deseo, bueno, me lo prohibí, sin embargo, mi mente galopaba desbocada. ¡Qué mala suerte la de Paul! Sí, no tenía elección: tenía que enamorarme de una de ellas. No volvería a encontrar algo así ni en mil años. Intenté mirarlas con los ojos del futbolista francés. ¿Merecía la pena esperar? La contestación fue afirmativa. Mi antecesor fue un completo idiota. Miraba su existencia, su casa, sus muebles y me vino a la cabeza Fernando. ¿Cómo se sentiría después de perder algo así? Miré a Emma. Era tan de verdad. Disolví mis evocaciones. No podía abandonarme a mi anhelo de quedarme allí con ellas para toda la eternidad e intenté centrarme en el aquí y el ahora. Por la cocina, volaban hacía mí como estrellas fugaces un cuestionario de revista para jóvenes con acné.
—ADA: ¿Sal?
—EMMA: Mamá es muy sosa.
No vi el salero y las miré extrañado.
—EMMA. No le echa casi sal a la comida. Es por los de los ictus y los infartos…
—ADA: ¿Y no os aburrís todo el día juntos?
—No.
—EMMA. ¿Sois novios?
Intervino TESA.—Ni caso, cómo las sigas el rollo estás perdido.
—ADA: ¿Cuántos años tienes? ¡Serás mayor de edad! ¿No?
—EMMA: Sí, Daniel es mayor de edad. ¿Veinte o veintidós? ¿Tal vez veinticuatro?
TESA. Chicas, no seáis pesaditas. Daniel es mi invitado.
—EMMA.—Mío, mío, todo es suyo en esta casa.
Nos reímos. Emma estaba en su salsa y era, de verdad, muy graciosa.
Estuve a punto de atragantarme con la comida. Bebí más cerveza. Cada segundo que pasaba me ponía más nervioso, con tanta pregunta, tanta sonrisa, tanto protagonismo. Era un bombardeo a bocajarro.
—EMMA: ¿Cuándo nos vais a dejar ver lo que estáis haciendo?
—ADA: Somos muy críticas. Antes, cuando mamá trabajaba sola, la ayudamos mucho.
—EMMA: También somos muy creativas. Hemos ganado algunos concursos en el instituto: manualidades, literatura, incluso de música.
—TESA. Ya está bien. No va a querer volver.
—ADA: Como todos tus novios.
—EMMA: Les asustamos para librarnos de ellos, porque tiene muy mal gusto; pero tú eres su primer ayudante y todavía no hemos decidido que hacer contigo.
Se rieron a carcajada. Yo sonreí. Eran de verdad entretenidas y perturbadoras. Me sentía inseguro, con miedo de meter la pata, y empecé a engullir los alimentos lo más rápido que pude y utilicé, una vez más, a mi perro como excusa para salir corriendo de allí y alejarme de la posibilidad de cometer algún error irreparable. Sí, le debo muchos favores a mi can. Me sentía a gusto con ellas, eso sí, temí convertirme en un utensilio sin valor de su cocina.
—EMMA: ¿Cómo se llama tu perro? ¿De qué raza es?
—DANIEL: Dino, y es una mezcla de Terrier con chucho.
ADA: ¿Una mezcla de qué?
DANIEL: Nada, que no tiene pedigrí.
EMMA: Pobre, alguna raza tendrá, ¿no? ¿Y cuándo le vamos a conocer?
DANIEL: No sé… pronto.
EMMA: ¿Mañana?
DANIEL: No, mañana no.

viernes, 19 de agosto de 2016

Juan Luis Panero, A través del tiempo (1968)


Después todo acabó definitivamente,
la vida fue más poderosa que nosotros,
pero ahora nada importa sino aquella tarde,
aquel momento de unión irrepetible,
la tibieza de una piel, de unos labios cuyo solo recuerdo
protege esta noche mi corazón, me da fuerza
para continuar el error de vivir hasta mañana.

miércoles, 17 de agosto de 2016

El ardor de las sirenas. 17/09/16


El vaivén de idas y venidas al pasado y al futuro nos abandonó y regresamos al presente. Nos metimos en otro taxi que nos llevara de vuelta a nuestro mundo. Desde esa posición parecía que habitábamos en otro planeta, incluso, en otra galaxia.
—Dicen que la pregunta que uno tiene que hacerse para evaluar a su familia es: ¿te querrán si cambias, si piensas diferente? Yo obtuve la respuesta. No.
—Sí, ha sido terrorífico. Me he sentido que he atravesado una pantalla de cine y he caído en la secuencia de una película de la España negra o la América profunda.
—Es tan cruel; todo vale cuando creemos que tenemos derecho a castigar a alguien y convertimos la intimidación en algo lícito.
—A veces pienso que los humanos son unos esmerados torturadores.
—Se protegen en su falsa cotidianidad. Se anestesian para evitar llamar la atención, el dolor… y cuando llega la muerte, se acuerdan de que la existencia no es para siempre.
Hizo un pequeño silencio y luego continuó.—He observado desde la distancia su evolución y les he visto enferman de miedo, depravar a sus seres queridos: hijos, nietos, yernos, nueras. Es una danza oscura, porque nunca adquieren ninguna perspectiva del cuadro del que forman parte.

Estábamos muy cansados y cedimos nuestro protagonismo al silencio. Rocé su brazo sin querer, deseaba abrazarla, decirla que yo jamás la traicionaría, ni la decepcionaría, que sabría cómo afrontar los conflictos, los reveses. Y de pronto, percibí como me adentraba en la cámara acorazada que contenía los misterios de nuestras almas. Mi mente contemplaba la verdad casi con la facilidad con la que se ve una telefilm en la sobremesa. Los hombres de su vida habían anhelado ser eso para ella, si bien en su interior sabían que no lo iban a ser, que acabarían decepcionándola, porque sabían que su masculinidad estaba inflada y, para estar a su lado, tenían que renunciar a ese plus de poder impostado. Si aceptaban sus condiciones, temían no mantenerse en pie. Mi respiración se aceleró, inclusive se me escapó una fea expresión:—Joder.—Seguimos unos instantes sin decir nada. Me encantó que cogiera mi mano y me la besara. Yo la besé en el pelo y dejé que se recostara sobre mí. En ese momento, hubiera podido hacer conmigo cualquier cosa, no obstante, sabía que estaba seguro a su lado, porque era su discípulo y me respetaba. No tenía ninguna duda, un porcentaje altísimo de hombres, algunas mujeres, me hubiera hecho allí mismo su amante, sin valorar o sopesar los efectos secundarios que pudiera ocasionar esa relación en mi personalidad; sin embargo ella no era así. A ella, yo le importaba de verdad.